RICARDO LÓPEZ MURPHY: «ESTA SERÁ UNA CRISIS MUCHO MÁS GRAVE QUE LA DEL 2001»

Hoy entrevistamos a Ricardo López Murphy, un economista con una presencia inusual y constante en la política argentina.

Esta semana el presidente Alberto Fernández, en una entrevista al Financial Times, reconoció no creer en los planes económicos. ¿Qué piensa de esto? ¿Cuán necesario, o no, es tener uno?

La necesidad de un plan económico es imprescindible en cualquier sociedad compleja y organizada. Es más, diría que es necesario incluso en una sociedad primitiva. Una forma de plantear esa necesidad es observar que en todos los países existe un presupuesto que requiere para su elaboración la proyección del entorno macroeconómico. Ese presupuesto para ser financiable requiere un plan de carácter financiero donde se vean los vencimientos de deuda, de intereses, de capital, las colocaciones, cómo se financia, etc. Es una obviedad afirmar que cualquier autoridad monetaria del mundo tiene un programa monetario: es imposible operar y proyectar variables sin eso. Pero lo que dijo es todavía más importante en un sentido: tener un plan económico es imprescindible en la negociación de la deuda y mucho más en el programa que habrá que acordar con el Fondo Monetario. Yo creo que es un comentario desafortunado que se contradice además con lo que él mismo dijo en febrero, que existía un plan, pero que se mantenía en secreto para tener más fuerza para la negociación. Ahora esa expresión desafortunada ha dañado la credibilidad argentina en un momento muy delicado.

De la grieta política de los últimos años se ha hablado mucho. ¿Existe una «grieta» similar en la economía?

Más que una grieta en la economía, la diferencia se da entre los que analizan con realismo y seriedad las limitaciones de la Argentina y los que no. Por ejemplo, el documento que el Gobierno elevó a los acreedores, que era el análisis de la sostenibilidad de la deuda. En ese documento el Fondo Monetario discute, supongo que con el aval del gobierno argentino, que el país tiene un sistema financiero muy pequeño producto de la inflación y de la confiscación de los depósitos en cinco oportunidades; que tiene un mercado de capitales extremadamente pequeño, más aún que su sistema financiero, producto de los nueve defaults y de la confiscación de los fondos de pensión en 2008 durante la anterior administración del mismo signo político; que es una economía extremadamente cerrada, que ha tenido un descalabro en el financiamiento del sector público, déficit recurrentes inmensos que explican la elevadísima inflación, los trece ceros que le hemos quitado a la moneda y los dos más que probablemente terminemos quitándole ahora (para que se entienda, cada cero es 1000% de devaluación); y también explica el fracaso organizativo que hemos tenido, que sin resolver eso no hay ninguna solución posible. Ese documento elaborado por el propio Gobierno dice que todo esto nace de la brutal expansión del gasto que tuvimos entre el 2005 y el 2015: a confesión de parte, relevo de pruebas. El otro elemento que surge con mucha claridad es el cierre de la economía, el aislamiento y el daño que eso le hace a nuestra productividad y nuestras posibilidades de crecimiento. En resumen, no creo que haya grieta en la economía como la hay en la política, lo único que hace falta es asumir los datos de la realidad con sensatez y responsabilidad.

Dentro de unos meses se cumplirá un año desde que Alberto Fernández es presidente. ¿Qué hubiera hecho distinto en el caso de estar en su lugar?

Creo que otra administración hubiera tenido una actitud menos negativa sobre la negociación que había que hacer en el mundo, se ha perdido mucho tiempo. A mí me parece que habría que haber negociado desde octubre de 2019 con los organismos multilaterales y con los acreedores para simplificar este problema. Sin ir más lejos, hay que mirar el caso de Ecuador. Este país está en una situación mucho más difícil que la Argentina porque depende mucho más de las remesas y de los precios de la energía. Sin embargo, lo que a nosotros ya nos está llevando 9 meses, a Ecuador le llevó 3, y con los mismos acreedores. Es probable que una administración distinta a la de Fernández hubiera sido más realista en ese sentido. 

Ese primer año de Fernández en el poder coincidirá, obviamente, con el primer año de Macri fuera de la presidencia. ¿Qué habría hecho diferente en el caso de éste?

La administración anterior cometió unos errores inmensos al gestar y dar lugar a una enorme crisis económica, producto de creer que podía depender de un financiamiento extraordinario y recurrente. Eso es una irresponsabilidad que alguna vez tenemos que entender que no es factible, no es realista y nos termina produciendo un enorme daño.

Esta crisis que se avecina, producto de la pandemia, la cuarentena y los errores del Gobierno, ¿en qué se parece y en qué se diferencia de la del 2001? ¿Piensa que puede ser más profunda en su dimensión y en sus secuelas?

La crisis actual es muy distinta a la de 2001, donde se configuraron circunstancias absolutamente extremas, un shock terrible producto de la crisis asiática que derrumbó el precio de los commodities, lo que llevó a Rusia a la cesación de pagos y eso cerró los mercado de capitales para los países emergentes. La combinación de estas dos crisis llevó a la caída del plan económico de Brasilia y la brutal devaluación que bajó a la mitad los precios de una economÍa gigantesca que es 5 veces el tamaño de la argentina. Todos esos factores nos pusieron bajo una presión y tensión asombrosas. Argentina sufrió durante el final de la convertibilidad una terrible crisis externa que bajó dramáticamente el nivel de vida y que no encontró en el liderazgo de aquel entonces la capacidad de reaccionar. No se aceptaba la magnitud de la adversidad, ni que requería un plan fuerte de consolidación fiscal, que había que aguantar hasta que se recompusieran los precios externos, como inevitablemente ocurrió. De haberlo hecho, habríamos tenido un desempeño muchísimo más exitoso porque la economía en ese entonces estaba muy capitalizada, con un diseño organizativo muy bueno y tenía un nivel de gastos que era dos tercios del actual. En segundo lugar, la crisis actual es más grave porque nos encuentra, después de muchos años de desinversión, empobrecidos y con un gasto infinanciable incluso antes de que emergiera la crisis del Coronavirus y la pandemia. A esto hay que sumarle las malas decisiones que se tomaron durante la cuarentena, que han agravado las circunstancias. Por todo esto, ésta será una crisis a nivel internacional, regional y local mucho más grave que la de 2001. Y me olvido de un problema más, igual de importante: si en aquel entonces el liderazgo no comprendía los problemas, el de ahora los comprende menos.

Por último, y sabiendo que es muy temprano todavía, ¿se plantearía, llegado el momento, volver a ser candidato a presidente?

Yo en general creo que no es bueno hablar de candidaturas, no ayuda. Mi tarea hoy es organizar un espacio donde se puedan expresar quienes están en un profundo desacuerdo y sostienen una narrativa que está en las antípodas de la de la Administración actual, pero que también se sienten muy defraudados y distantes de la narrativa, la gestión y la imagen que proyecta la coalición que gobernó hasta diciembre. Si pudiéramos canalizar eso le haríamos un bien a la Argentina, al sistema institucional y seguramente permitiría que en 2021 compita esta idea, con su narrativa y su visión del mundo, para que probablemente en el 2023 pueda converger en una gran coalición republicana para sustituir el proyecto populista. Me parece que la idea de las candidaturas no ayuda en ese campo. Sí puedo decirlo con franqueza, y ha sido mi actitud a lo largo de mi vida: yo tengo vocación de servicio público. Si a pesar de las desventajas que tengo pudiera ser útil, voy a estar disponible, pero ese no me parece el punto esencial. Creo que las candidaturas oscurecen y terminan generando proyectos personales. Acá lo primero que tenemos que hacer es construir una alternativa. Sin eso, vamos a ser esclavos de la polarización y de esa crisis de representatividad permanente que tenemos, de votar siempre lo menos malo y nunca poder apoyar una alternativa que refleje nuestras convicciones y nuestros valores.

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