LA CALLE ES EL OTRO

Las imágenes más elocuentes del banderazo multitudinario de este 12 de Octubre se sucedieron en las inmediaciones de la quinta presidencial de Olivos, en donde la grieta se auto definió como lo que es: dos modelos de vida en pugna.

De un lado, grupos de choque organizados políticamente que fueron en defensa del presidente Fernández y que pretendieron “copar la parada”, habituados a un país que se rige por la ley del que grita más fuerte. Del otro, sectores productivos de la clase media que miraban el espectáculo- al principio con incredulidad- pero con sus carteles en alza y sin dejarse avasallar por los que, durante más de una década, se creyeron los dueños de la calle.

Las «viejitas» y «viejitos» que construyeron esta argentina a base de sangre, sudor y lágrimas, no se iban a quedar de brazos cruzados. Los trabajadores, los comerciantes, las madres y padres de familia no iban a ser silenciados por la patota. Allí estaba la maltrecha clase media, ese pueblo desmerecido por el Jefe de Gabinete Cafiero, que no se iba a dejar amedrentar más.

Durante años, quisieron convencer a los argentinos de que la Plaza de Mayo era de un partido político y que quien marchase en las inmediaciones del Congreso de la Nación podía ser agredido por militantes como Luis D Elia. Fueron muchos años en que los gobiernos populistas utilizaron la palabra “pueblo” como comodín para justificar descalabros.
Pero finalmente, aquella aspiración ancestral del PJ de representar al pueblo trabajador iba a ser carcomida por un kirchnerismo que hoy no logra distinguir a la patria trabajadora, de la prebendaria.

Este nuevo mundo- en el que los mitos se caen a pedazos- es tan desconocido para personajes como Julio Bárbaro y Beatriz Sarlo, como lo fue para Cristóbal Colón aquella tierra inexplorada hace más de 500 años. Porque hoy los ciudadanos de a pie se auto perciben protagonistas sin ser convocados por nadie más que sus conciencias y porque en este nuevo mundo, los trabajadores están en la otra vereda del Justicialismo.

El lunes pasado, reapareció también Macri, para disgusto de aquellos que sueñan con su jubilación anticipada.

Quiénes solo ven un fracaso de su gobierno, pierden de vista al que quizás sea el legado simbólico más importante de su presidencia: Las marchas del SI SE PUEDE.

Esas convocatorias- más allá del apoyo a un candidato- tenían un trasfondo cultural mucho más poderoso y que contenía una advertencia: Hay un sector de la ciudadanía dispuesto a salir a proteger su modo de vida, sus aspiraciones, su sistema de mérito, su propiedad y su república. Una paradoja, para aquellos que decían que cambiemos era la anti política, cuando, en definitiva-voluntaria o involuntariamente-cambiemos terminó por pavimentar la horizontalidad de la calle como forma de reclamo y para que deje de ser propiedad de algunos pocos sectores.

En este nuevo mundo en el que la mitología peronista callejera se despedaza, el peor de los temores de quienes buscan monopolizar el pensamiento nacional se hace presente: La patria es el otro, el pueblo es el otro, la calle es el otro, aunque ese otro no sea kirchnerista.

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