GONZALO GARCÉS: «SI JUNTOS POR EL CAMBIO NO OFRECE SU VISIÓN DE LA HISTORIA, LO HARÁ SÓLO EL PERONISMO»

REVISTA REPUBLICANA: Usted escribió hace un tiempo sobre la incapacidad de la oposición de hacer propias ciertas banderas, como es el caso de la causa de los Derechos Humanos. ¿Porqué cree que sucede esto ?

GONZALO GARCÉS: En parte es temor a perder identidad: los DDHH serían parte de la marca peronista/kirchnerista, y el PRO sería el futuro, el no mirar atrás. En parte es indiferencia. A una parte del PRO el tema no le interesa y además cree genuinamente que no es relevante de cara a la sociedad. Me han llegado a decir que, como la historia argentina es calamitosa y hay poco que rescatar, no vale la pena hablar de ella. Eso me parece, primero, falso: en la historia argentina hay momentos y próceres brillantes, cargados de futuro, como Sarmiento o Roca, y el PRO haría bien en reconocerse en esa tradición. Los discursos políticos que calan en la sociedad, que transmiten un verdadero proyecto y generan compromiso, son los que trazan una línea que va desde los orígenes del país hasta el futuro. Electoramente, ignorar nuestra historia es un error garrafal. Si Juntos por el Cambio no ofrece su versión de la historia argentina, lo hará sólo el peronismo, y sabemos que es una versión donde ellos ganan. Esto es especialmene cierto respecto de los Derechos Humanos. El peronismo, aparte de algún gesto simbólico, nunca hizo nada por los DDHH, al contrario, los violó sistemáticamente en cada uno de sus gobiernos desde 1946, y sin embargo, como un psicópata, logró convencer a parte de la sociedad de que le pertenecen en forma exclusiva. En cambio JxC tiene al radicalismo, que puede enorgullecerse de contar en su historia la creación de la CONADEP y los juicios a las Juntas (ambas cosas a las que el peronismo en su momento se opuso) y sin embargo no los luce. Es decir que el peronismo, con mentiras, construyó un relato electoral eficaz, y Juntos por el Cambio, con la verdad de su lado, no hizo nada. Esto se tiene que terminar. Y más cuando tenemos a un gobierno peronista bajo el cual, en el marco de la cuarentena, ha desaparecido gente, ha habido torturas, violaciones, golpizas, se privó a los chicos del país del derecho fundamental a la educación y se elogia a un gobernador que creó literalmente campos de concentración para enfermos (o sospechosos de estarlo).

RR: Más allá de que a algunos políticos e intelectuales les gusta usar el término “batalla cultural”. ¿Cómo piensa que se puede enfrentar el relato cultural del kirchnerismo? ¿Con qué armas cuenta la oposición?

GG: En parte la oposición ya está usando esas armas: son las redes sociales. La oposición ciudadana a la suelta de presos, la expropiación de Vicentín o los centros de detención para enfermos de Insfrán se originó en fotos o videos sacados con un celular y en frases e ideas viralizadas en las redes sociales. Hoy las ideas tienen canales para circular muy rápido y de manera masiva. Las ideas más contundentes, más seductoras, que generan más sentido, circulan hasta convertirse en sentido común. Entonces se puede decir que se ganó una batalla cultural. Es lo que pasó con la reapertura de las escuelas. En agosto de 2020 un grupito al que pertenezco, aunque más como acompañante que como miembro activo, Padres Organizados, empezó a reclamar esa reapertura y a hacer circular información que mostraba que las escuelas no son focos de contagio. Poco a poco el tema pasó a los medios, se conjugó con el cansancio creciente de la sociedad, y cerca de fin de año empezó a estar en el discurso de la oposición. El gobierno tuvo que ceder. Falta ver qué pasa con la reapertura ahora en marzo, pero la sociedad tiene claro lo que quiere. Ésa fue una batalla cultural ganada.

Otra batalla pendiente, que perfectamente puede ganarse, es dejar de ser “antiperonismo” o “no peronismo”, es decir, dejar de definirnos con los términos de ellos, y pasar, al contrario, a pensar el republicanismo como lo normal para la Argentina y al peronismo, un partido de raíces fascistas, verticalista, delictivo, violento y regresivo, como la oposición a esa normalidad.

RR: ¿Por qué piensa que los sectores culturales que apoyan a juntos por el cambio, suelen ser más cautos a la hora de manifestarse ?

GG: Porque temen el ostracismo de sus pares. El mundo de la cultura se percibe mayoritariamente como progresista y aun los que no son kirchneristas tienen internalizado que criticar al kirchnerismo es “de derecha”. Esto lo muestra muy bien Juan Villegas en su libro “Diario de la grieta”. Además, muchos perciben al kirchnerismo como un lugar donde hacer carrera, porque “cuidan a los suyos”, mientras que durante los cuatro años de gobierno de Macri no hubo políticas culturales proactivas sino todo lo contrario —por ejemplo, se abrió la importación de libros, lo cual es bueno, sin eliminar impuestos y regulaciones que permitieran abaratar el costo de producir libros en la Argentina, lo cual es pésimo—, y cuando convocaron a reuniones con intelectuales o artistas fue para sermonearlos y explicarles que no entendían nada. Quizá lo mejor sería que no hubiera reuniones entre intelectuales y políticos en absoluto, pero si las hay, es un poco necio que sea para aleccionarlos sobre su irrelevancia.

Vuelvo a las cuestiones de conciencia: al mundo de la cultura le gusta percibirse como progresista y estar del lado de los débiles contra los fuertes. El hecho es que el peronismo/kirchnerismo no es progresista, está con los fuertes contra los débiles, y el gobierno de Alberto Fernández lo desnudó como nunca antes: un gobierno que promueve el lenguaje inclusivo, pero donde nunca se ven mujeres en las cumbres del poder (y la titular del INADI negrea a su empleada sin consecuencias), que ahorra a costa de los jubilados pero cuya vicepresidenta acumula dos jubilaciones de privilegio sin pagar Ganancias, que apoya en forma incondicional a un dicadorzuelo cuestionado por Amnesty International como Gildo Insfrán, no es progresista. Decir estas cosas obvias, amplificar las voces de quienes las dicen, no es una mala manera de alentar a los sectores culturales a manifestarse con menos cautela.

RR: Durante muchos años se ha denostado a Macri o al PRO utilizando peyorativamente la palabra “anti-política”. ¿Qué piensa sobre esa idea desde la perspectiva actual ?

Pienso que es una estupidez, que no signfica nada. Si vos pensás que “política» es exprimir al sector privado para manejar cajas cada vez más grandes a discreción desde el Estado, someter a sectores cada vez más vastos a la dependencia del gobierno de turno, entonces claro que te va a paracer “antipolítica” empoderar a las personas, a los ciudadanos. Pero la verdad, como siempre con el peronismo, es al revés: política es esto, el trabajo de asegurar un contexto de libertad y de igualdad de oportunidades para que los ciudadanos puedan hacer sus vidas, lo otro es mafia.

RR: Por último. ¿Cómo evalúa el rol de la oposición durante este tiempo ?

GG: Creo que va en la dirección correcta. Hubo un momento de mucha pasividad entre marzo y septiembre, cuando sólo voces individuales en JxC denunciaban las incoherencias de la cuarentena, los delirios como la expropiación de Vicentín o las violaciones a los derechos humanos. Fernando Iglesias, por ejemplo, presentó un proyecto de ley para crear una comisión que investigara las violaciones a los derechos humanos. Seguramente ese proyecto no tenía chances de ser ley, pero ¿por qué, de los 115 diputados de Juntos por el Cambio, lo acompañaron sólo 14? ¿Por qué no se hizo, ya entonces, de los Derechos Humanos un eje de campaña, como se está haciendo ahora —con toda razón— con la vuelta a las escuelas? ¿Es utópico pedir que la oposición acuerde cinco o seis puntos fundamentales para su mensaje de campaña y que todos sus referentes, desde ahora hasta las elecciones, los comuniquen?

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