@GONZIVER NOS CUENTA SOBRE SU PARTICIPACIÓN EN EL #24A DE 2019.

REVISTA REPUBLICANA: La semana pasada salió a la venta el libro de Mauricio Macri. ¿Qué impacto crees que tuvieron en la política la publicación y el acto de presentación ?

GONZIVER: Se puede tomar como un doble mensaje: uno para la interna de Juntos por el Cambio, la cual está ahora dirimiendo liderazgos, y otro para el oficialismo. Para dentro del sector de Juntos por el Cambio, la presentación del libro busca acallar esas voces disidentes, las cuales buscan quitar del centro de escena a Mauricio Macri -léase Lousteau, por ejemplo- y posicionar a nombres como Cornejo, Larreta o el que sea. Mauricio Macri, hoy en día, conserva una gran adhesión entre sus votantes, entre ese famoso 41%, y que hoy tiene a Patricia Bullrich como vocera más inmediata. Porque cuando habla Patricia Bullrich en realidad está hablando Macri. No es casualidad que el ex presidente haya presentado su libro inmediatamente después de lanzar el suyo la ex ministra.
Por otra parte, el mensaje hacia el afuera, hacia el oficialismo, es simple: aquí está explicado aquello que ocurrió y ustedes son responsables de impedir el cambio y desear mantener el «statu quo», de cortar el progreso de la Argentina, con el único fin de la impunidad y seguir robando.

RR: En el libro, el expresidente hace alusión al espaldarazo emocional que le dio la marcha del 24A. Vos fuiste el impulsor de la marcha. ¿Nos podes contar cómo viviste esos días ?

G: Verdaderamente, habiendo pasado ya un año y medio de aquellos momentos, los recuerdo como si hubiese sucedido ayer. Surgió realmente como una forma de descarga emocional, de bronca contenida y de sueños rotos. Obviamente, nadie pensaba en aquella noche del 11 de agosto que la diferencia podía ser tanta entre ambas fuerzas políticas. No podía concebir en mi mente que una gran parte de la población deseara tirar por la borda el esfuerzo de cuatro años. Esa noche no dormí.

Al ir a mi trabajo vi la cara de desazón, de tristeza, de todo aquel que me cruzara. Se asemejaba a cuando Argentina perdió la final del mundo. Era un “aquí no ha pasado nada, hay que seguir la vida como sea”. O, al menos, yo así lo percibí. Y me pareció injusto. No, aquí no es que ha sucedido nada; estamos por perder todo el esfuerzo, no puede quedar así. Meses atrás, unos seis, le había enviado un e-mail a Mauricio Macri en el cual le pedía por favor que nos volviese a enamorar como en 2015. Notaba que estaba ausente. No respondía a ninguna crítica, no mostraba pasión, simplemente estaba en modo autómata. Sólo recibí respuesta por parte de su secretaria en la cual decía que “se lo transmitía, muchas gracias”. Esa tarde del 12 de agosto recordé ese mail. Y me puse a pensar: ¿Es el presidente quien nos tiene que volver a enamorar o nosotros debemos volver a enamorarlo a él? Teníamos que hacer el esfuerzo y demostrar que aún estábamos vivos, que había motivos para pelear y fuerzas en nuestro corazón. Así fue que, poco antes de las seis de la tarde, envié el tweet buscando una manifestación de apoyo. Veníamos perdiendo 7 a 0 en el primer tiempo. Podíamos poner garra para reducir la diferencia, y si perdíamos 7 a 6 el esfuerzo valía la pena. Así fue. Mauricio aceptó el desafío de ponerse la campaña al hombro principalmente por aquellos que fuimos a decirle: “Macri, la elección no terminó, aún falta para elegir quién es el presidente, peleala”.

RR: Sos parte de la historia de JXC. ¿Qué sentís con eso ? ¿Crees que ese 24A puede llegar a ser una especie de 17 de octubre para el sector republicano con el tiempo?

G: No sé si soy parte de la historia de Juntos por el Cambio porque mi participación ha sido muy pequeña. Nada de la remontada hasta octubre habría sucedido si no fuese porque Macri comprendió el mensaje. Él comprendió que la sociedad le reclamaba algo y actuó en consecuencia. Sin embargo, cada vez que mencionan el #24A algo en mí me genera emoción. La fecha, aunque no lo preví así, coincide con el día en el cual fue liberado de su secuestro. Entiendo entonces que ambos 24 de agosto significan una liberación de él. Dejó de estar encadenado, reprimido, y fue él, fue Macri. Estoy feliz de poder haberlo ayudado en algo mínimo, pequeño, que bien podría ser tomado como una fecha icónica dentro del sector republicano. No quiero compararlo con el 17 de octubre porque esa fecha fue el enaltecimiento a un vicepresidente de facto y el 24 de agosto es, en cambio, una fecha en al cual se apoya a un presidente constitucional.

RR:¿Qué imágenes te quedaron grabadas de ese día ?

G: Lo primero que me viene a la cabeza es el temor que sentí minutos antes de la hora convocada por la escasa asistencia. Recordemos que este sector, el republicano, no había tenido manifestaciones territoriales en por lo menos dos años, desde el primero de abril de 2017. El republicanismo -hoy representado en decenas de grupo distribuidos en toda la nación y comunicados entre sí por redes sociales- carecía de presencia en calle. Considero que el #24A sí fue el impulsor del “vamos a la calle, vamos a protestar” que hoy tan vigente está.
Bien, como decía, pocos minutos antes estaba con poca concurrencia. Me encontré con unos amigos y vimos que lentamente empezaba a llenarse el Obelisco, y algunas vías de la 9 de julio veían interrumpido su tránsito. Y, como toda manifestación espontánea y no dirigida, esta cobra vida propia. Repentinamente, una columna -que ya colmaba de lado a lado de Diagonal-, enfiló hacia Casa Rosada. Y fui tras ellos. Me iban llegar mensajes y tweets que decían que venía una gran cantidad de personas en subte, que aguardáramos. Ahí comprendí que esto se iba a desmadrar. Hice un rápido vistazo a mi alrededor. Cierto es, y debo darle la derecha a Grabois, que esa manifestación estaba repleta de personas de la tercera edad. Pocos jóvenes para entonces. La mayoría eran personas de más de sesenta años que, obviamente, habían vivido todo tipo de situaciones y sabían que el kirchnerismo no es la mejor opción, que con Macri existía futuro. Afortunadamente, y para infortunio del ocupador serial de tierras, la juventud se hizo presente durante las manifestaciones espontáneas del republicanismo durante 2020, casi en igual medida que las personas mayores. Una pintura al óleo que combina a la perfección experiencia y juventud.
Cuando llegamos, las vallas estaban cerradas. No podíamos pasar del otro lado de la Plaza. Y la magia sucedió minutos más tarde. Una puerta se abrió y pudimos acercarnos más que a pocos metros de la entrada de Casa Rosada. No debió pasar mucho tiempo hasta que se corrió la voz.
El rumor de que saldría a saludar se dispersó con el viento por todos los presentes. La alegría volvió a hacerse sentir. Todos cantaban, saltaban, se abrazaban. La emoción brotaba desde los ojos de los presentes. ¿Alguno acaso recordaba que trece días atrás habíamos perdido una elección? En ese momento -creí- todos lo habían olvidado.
Una de las puertas se abrió. El público estalló en vítores. Los cantos arreciaron a un lado y otro. Mi corazón dio un vuelco. Pero quienes salieron eran dos asistentes que portaban una bandera gigante, la cual colgaron del balcón y atada a dos columnas. Entraron nuevamente.
Minutos después se vio movimiento. El murmullo comenzó a escalar nuevamente. Una sombra salió de entre las penumbras. Los vítores volvieron a arreciar. Nuevamente falsa alarma: era un fotógrafo, que buscaba la mejor posición.
Los minutos duraban horas. La espera era interminable. Una luz detrás de unas ventanas se encendió. Un nuevo clamor desde el fondo de la Plaza se comenzó a oír. Unos movimientos apenas perceptibles desde dentro de la habitación provocaron que, como una ola arremetiendo contra la escollera, ese murmullo desde las profundidades avanzara con fuerza hacia el frente, donde estaba yo. Y esos movimientos se tradujeron en formas humanas, y el alarido del pueblo finalmente fue como un volcán en plena y esplendorosa erupción cuando ambos salieron. Mauricio Macri, de pullover gris, portaba una bandera argentina en su mano derecha. Sus puños en alto, su emoción al borde del llanto, su fuerza de ánimo se tradujeron en más y más fuerza en los gritos que le devolvíamos desde nuestros corazones. «¡No estás solo!» era el canto que más se repetía. Sí, no estaba solo. Le estábamos poniendo una mano al hombro y le decíamos que, claro, tenía un pueblo, un verdadero pueblo republicano que lo sostenía. Una sociedad que le perdonaba los errores que, por su condición de humano, podía cometer. Sin embargo, se le perdonaba. «¡No estás solo!» también significaba que el pueblo también cometía errores. Los había cometido trece días atrás. Esa nación, que le había dado la espalda, ahora se ponía a su par para volver a creer. Y Macri lo sabía.
Juliana Awada, la Primera Dama, lo acompañaba. Ella era nuestra representante en su proximidad, nuestra adlátere en ese momento, quien, en una bellísima expresión, lo abrazó por detrás en señal de protección. En ese momento percibí que quien lo abrazaba por detrás no era sólo Juliana, era un País.
En una bellísima postal, miles de argentinos encendieron la luz de flash de sus teléfonos móviles y los movían a un lado y al otro. Las luces, pequeñas todas pero potentes, sentí que representaban las esperanzas de quienes soñábamos con el futuro, con la República y con dar vuelta la elección. Esas esperanzas iluminaban el camino de Mauricio Macri. Esa imagen quedó grabada para la Historia en el tweet que el Presidente envió desde su cuenta, con él y Juliana sonriendo mientras de fondo los flashes iluminaban la Nación. Mauricio estaba renaciendo. El Presidente estaba más vivo que nunca. Había recibido el empujón que necesitaba. No estaba muerto y la podía pelear.

RR: Por último. ¿Cuál era la Argentina de Macri y cuál es la argentina de Alberto Fernández para vos ? ¿En qué se diferencian ?

G: Mauricio Macri encarna la Argentina con la cual siempre soñé. Es la Argentina en la cual el levantarse a las 5 o 6 de la mañana para ir a trabajar; el país en el cual no voy a poner una excusa para faltar a mi empleo; una nación en la cual mi esfuerzo diario se vea recompensado con un buen salario, con seguridad, con salud y, principalmente, con un futuro de paz. Macri es la representación de todo eso.
En cambio, con Fernández -cualquiera de los dos- lo equiparo con aquel vivo que presenta un certificado falso para no ir a trabajar una semana, aquel que falta a clases y se cree más vivo que el resto; es la viva representación del atajo, de la chantada, del que se cuela en una fila. De más está decir que quedó perfectamente representado con la vacunación VIP.
Mi forma de vida no está para nada vinculada a esta última. Siempre viví con respeto a la ley, las normas y a las personas. Y Macri es el reflejo de eso.

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