Thomas S Kuhn escribió allí por 1962 “la estructura de las revoluciones científicas” en donde habló de los cambios de paradigmas. Según Kuhn, la mayoría de los científicos sólo se dedican a explorar dentro de un paradigma aceptado en su comunidad y no a producir grandes innovaciones; hasta que aparece alguien que crea un nuevo paradigma. Estos cambios, estas revoluciones científicas, no suceden todos los días, sino más bien son poco habituales.
Esta teoría se puede extender a muchos aspectos de la vida, entre ellos, la política.
En Argentina, la crisis del 2001 introdujo un nuevo paradigma: un modelo de problemáticas y soluciones basado en el estatismo, el nacionalismo y el paternalismo como solución a las problemáticas de la política; en contraposición a la década menemista. Este cambio de ideas fue protagonizado por el kirchnerismo pero cimentado también por un sector importante de la “intelectualidad” , la ciencia, las organizaciones de derechos humanos, los sectores artísticos, entre muchos otros.
Durante más de una década fue políticamente incorrecto discutir ciertas “verdades”, como la de una economía basada en el consumo más allá del gasto público, la política subsidiaria como regla, la estatización como un acto de justicia, entre otros. Tal es así, que el PRO, un partido nacido también en la pos crisis del 2001, se atrevió a debatir sobre las formas de gestionar el Estado, pero no tanto sobre las ideas que servían de base.
Una de las formas de demonizar a Mauricio Macri por aquellos años era decir que estaba a favor de las privatizaciones, porque la “privatización” confrontaba ideológicamente con ese paradigma aceptado por todos, así se iba limitando el accionar político. También sucedió con la exageración de los derechos de protesta llevados adelante por la izquierda y los movimientos piqueteros y reforzados por el final dramático de Kosteki y Santillán; y que fue la excusa para desmantelar el derecho a la libre circulación. La política no actuaba contra eso por no confrontar contra esa “verdad”. Aún sucede.
Durante más de una década esta forma de ver la realidad fue incuestionable. Macri llegó al gobierno cuando todavía imperaba ese paradigma como rector del comportamiento político y social. Por eso enfrentó un ola de críticas por parte del periodismo, los sindicatos, los empresarios, y todo el círculo rojo. Por eso sufrió las 14 toneladas de piedra frente al Congreso y por eso también perdió las elecciones.
Macri desde entonces, buscó evangelizar a partir de aquella experiencia: el próximo gobierno debería contar con apoyo popular para hacer las reformas necesarias. De allí se desprende un tema actual: la necesidad de contar con una narrativa eficiente. Cuando el ex presidente habla de narrativa, refiere, en definitiva, a un cambio de paradigma.
Uno de los problemas que hoy tiene Juntos por el Cambio parece tener que ver con que una parte de la estructura dirigencial no adhiere o no propicia este cambio de ideas. Algunos sectores conservadores del PRO y del radicalismo parecen sentirse más cómodos con el viejo paradigma que con las discusiones que hoy se están dando en torno a esa transición de ideas. Macri introdujo durante su gobierno una contradicción a lo que parecía establecido y los sectores “duros”, los liberales y los libertarios continuaron el trabajo, algo que se tradujo en tensiones dentro de la coalición opositora.
Hace pocos días se dio una discusión en el seno del PRO de la Provincia de Buenos Aires sobre la elección de autoridades partidarias. Allí, Javier Iguacel, planteó la necesidad de la renuncia de Jorge Macri a la presidencia del partido, dado que este último se estaría candidateando para Jefe de Gobierno en la ciudad de Buenos Aires el año entrante. Esta propuesta fue resistida por el ala moderada del PRO, con el argumento de que debía respetarse a los “históricos” del partido y que el intendente de Capitán Sarmiento no tenía peso en sus pretensiones. Lo interesante de esto, como botón de muestra, es que pone de manifiesto el tironeo dentro de un partido que se auto proclamaba el más moderno de la Argentina, y que corre el riesgo de convertirse en un partido conservador parecido a su primo, el radicalismo.
El cambio de paradigma actual tiene que ver también con la crisis de los partidos políticos, es decir, la crisis de representatividad de la estructuras partidarias. La política orgánica, cuasi militar, está más relacionada con los últimos 20 años, que con el futuro. Las elecciones pasadas mostraron algo de eso, ya que parte del electorado del PRO se volcó a otras propuestas al no verse representado por la dedocracia.
La pregunta que está en el aire es si el PRO será el protagonista de un nuevo paradigma o solo será un integrante más de la “comunidad” del viejo paradigma. Si producirá innovaciones o utilizará el mismo modelo de problemáticas y soluciones propuesto por el kirchnerismo. La “moderación” como excusa para ampliar la base es sin lugar a dudas una excusa para no innovar, para no revolucionar con audacia el sistema político argentino.
Por Nicolás Roibás